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Crónica de arquitectura: El ruido de los cavernícolas: yo, nosotros y ellos

19 ago
9 min de lectura

Manuel Andrés Rubiano Martín


Nota del autor: Este texto fue publicado originalmente en diciembre de 2025 como parte del libro impreso 'Los tiempos del ruido' (Colección Voces de Bogotá, ISBN 978-628-02-2179-3). La crónica fue el resultado de mi participación como cocreador y ganador de la beca en los Laboratorios de Cocreación e Innovación Social Artefactum, liderados por IDARTES, bajo la tutoría del escritor Sergio Ocampo Madrid.


Hombre solitario caminando por una calle lluviosa y oscura de Bogotá hacia el edificio Bancolombia

INTRODUCCIÓN

Tengo un gusto particular por los libros, en general los de arquitectura, por la calidad de su papel de alto gramaje y sus grandes formatos; también por los de historia y la literatura de ficción. Hace un par de años estuve en una librería muy cerca de mi apartamento en Bogotá, donde, en la sección de arquitectura, encontré dos que llamaron profundamente mi atención: Posicionamientos: escritos de 1959 a 1992, del arquitecto racionalista italiano Aldo Rossi —primer premio Pritzker de Arquitectura—, y Heidegger para arquitectos, del crítico inglés Adam Sharr. Leí con atención el primero, donde se hace una fuerte defensa de la técnica y la tecnología, pero deseché, por prejuicios ajenos, el libro sobre el filósofo alemán del siglo pasado, uno de los pocos que indaga profundamente en el tema de la arquitectura. Al pasar los meses, dejé a un lado estos prejuicios y me absorbió su lectura, extraña y densa, y descubrí un mundo de ideas que contrasta, a primera vista, con las teorías arquitectónicas de Rossi. Al escribir este ensayo, he llegado por casualidades, si es que existen, al tema del ruido, y me parece el punto de unión perfecto para revisar las dos visiones. Lo hago desde la narrativa personal y mi formación de arquitecto. De hecho, me valgo del concepto técnico de “escala”, que me permite asociar la visión más pequeña con mi visión personal e íntima (en mi caso, la más subjetiva), la cual describe con más detalle mi percepción del ruido y está asociada al “yo”, mientras que las más grandes, al ser más técnicas, están asociadas a los pronombres “ellos” y “nosotros”.



Aldo Rossi y los cavernícolas


Familia de cavernícolas refugiándose en una cueva con una fogata mientras observan mamuts bajo la lluvia.

El arquitecto italiano Aldo Rossi nos habla sobre cómo los primeros seres humanos construyeron límites contra un ambiente exterior agresivo, creando un microclima más favorable. Rossi afirma de manera coherente y racional que la razón de ser de la arquitectura, desde tiempos prehistóricos, es la creación de un microclima, es decir, construir un límite frente a un ambiente exterior agresivo, con condiciones internas favorables al confort del ser humano.


Para llegar a este fin, plantea la técnica como un medio concreto para resolver problemas concretos y liberarse de caprichos formales: “Inteligencia y técnica son, por tanto, lo que posibilita el hacer y, con ello, la liberación del elemento personal”.


La escala


Escritorio de arquitecto con planos y maqueta frente a ventana con vista nocturna a Bogotá.

Pensar esta arquitectura —la que crea límites contra ambientes exteriores hostiles— parte de principios generales para llegar a detalles constructivos y técnicos que se manifiestan en distintas escalas. En el dibujo técnico la escala se define como “el cálculo de las dimensiones físicas de un objeto según un sistema de medida”, como lo define el arquitecto y docente norteamericano Francis Ching en su libro Dibujo y proyecto, famoso entre estudiantes de arquitectura y arquitectos de todo el mundo. Es decir que es la forma para representar un objeto, existente o no, con medidas que generalmente son menores a este. En otras palabras, si este objeto mide (o medirá) 300 metros de alto en la vida real, para dibujarlo a escala 1:1, con todos los detalles, necesitaría una hoja de papel de 300 metros de alto. Ante la imposibilidad física, debo reducir su escala y dibujarlo en una escala más pequeña. En la escala 1:1000 ya no necesitaría una hoja de 300 metros, sino de 0.30 metros (30 centímetros).


Yo y las calles de la ciudad: escala 1:10


Hombre solitario caminando por una calle lluviosa y oscura de Bogotá hacia el edificio Bancolombia

Siempre camino metido en mis propios pensamientos, aquellos que generan emociones como el miedo, la alegría, la tristeza profunda o la ansiedad. Mi inconsciente, ese que llaman mi “yo superior”, no distingue si estos pensamientos son del pasado, del presente o del futuro. Ocurre en cualquier momento y en cualquier parte del mundo.


Para volver al ahora, para recordarme que hay un presente más allá de la melancolía y la incertidumbre, utilizo mis propios sentidos. Cierro algunos para abrirme a otros. Cierro mis ojos y escucho el rugir de Bogotá, el rugir de algo más grande, más antiguo y más sabio que yo: la ciudad, ese invento humano que muchos sociólogos etiquetan como la mayor invención de nuestra especie. Son las voces de muchos, la fuerza de las máquinas, los vendedores, etc. Decibeles altos que me devuelven al presente (este ruido puede superar los 60 decibeles cuando lo recomendado en espacios exteriores está por debajo de los 40, según uno de los libros más importantes sobre el tema, Architectural Acoustics Workbook, del investigador y docente David Egan). Recuerdo a Heidegger y su incursión en el tema de la arquitectura, por medio de la fenomenología (corriente de pensamiento configurada por Husserl y Schopenhauer), que argumenta que el mundo y sus fenómenos existen antes de la existencia de la razón humana. Estoy experimentando la ciudad y la arquitectura antes que pensando en ellas. Intento restablecer mi comunicación con este mundo por medio de mis sentidos en el ahora. Este ruido más allá del confort me lleva a interactuar con la existencia y la razón de ser de la ciudad, como dice Heidegger. Respiro profundamente, abro mis ojos y vuelvo a caminar, con mucha más atención en los detalles de aquello que me llamó con su voz imponente: las aceras, los ladrillos, los vidrios reflectantes de los autos y la arquitectura citadina. Antes de “contaminarme”, de manera contrastada con el pensamiento racional de Rossi, con la técnica y la tecnología, yo estaba vivo. Antes siquiera de pensar en qué es la vida.



Alumnos adolescentes de un colegio bogotano trotando bajo la lluvia para formar el carácter

De un momento a otro, llueve. La fuerza de los elementos activa algo en mí. Recuerdo mis primeros años de bachillerato en el colegio localizado en Cota, a unos 25 kilómetros de la casa de mis padres en el barrio Normandía, en los ya lejanos años noventa. El rector del colegio, un suizo recio de apellido Jeangros, nos instaba a correr bajo la lluvia con la mejor actitud para vivir sin los miedos inculcados. Con esa memoria camino más rápido, disfrutando la lluvia sin ningún temor, hasta que un trueno ensordecedor retumba en mis oídos. Ahora, el sonido pasa de los 90 decibeles a los 110. Nuevamente, algo más grande, sabio y antiguo llama mi atención: la fuerza de la naturaleza. Busco protección porque la llovizna se transformó en una tormenta eléctrica y llego al parqueadero donde está mi automóvil. Me subo buscando resguardo y, en medio del trancón y del ruido de la lluvia, llego a mi apartamento.


Nosotros y un café: escala 1:100


Al llegar, escucho la lluvia más lejana y una sensación de confort me invade: de 85 decibeles paso a solo 25, que es lo recomendado por varios estudios académicos. Estoy en mi cueva. Hay un allá afuera y un acá adentro. Los muros de mi refugio revelan un ambiente donde el bienestar me reconforta; los truenos, antes intimidantes, ahora se escuchan lejanos e insignificantes. El sonido de la lluvia aplaca la adrenalina y mi estado de ánimo.

Me seco el cabello con la primera toalla que encuentro, saludo a mi esposa que está en el segundo piso en una reunión virtual y escucho el timbre. Me acerco a la puerta y veo a mi vecina, María Paula, una politóloga que trabaja con causas humanitarias. Al abrir, me pregunta de manera seca por mi esposa, quien es parte del consejo de la propiedad horizontal del edificio. Le comento que aún está trabajando y le ofrezco sentarse a tomar un café. Ella responde cerrando los ojos y suspirando de manera frustrada, pero se sienta.


Mientras preparo el café, me dice que necesita solucionar de alguna manera los ruidos constantes de la obra de construcción de enfrente (algunas fuentes sitúan el ruido de una obra en más de 110 decibeles, como el que produce un martillo neumático o una retroexcavadora, un nivel tan alto como el de un trueno). No puede dormir ni concentrarse y, por ende, su rendimiento laboral y su estado de ánimo han desmejorado. Es una súplica, dice, ya que lo ha intentado todo: quejas a la Policía que no sirven de nada, denuncias a la Secretaría del Hábitat, etc. Le pregunto si Juan Camilo, su esposo, está igual. Ella toma un sorbo de café con cara de irritación y, después de tragar, me dice: “Él puede dormir en medio de un bombardeo”. Le pregunto si ha pensado en una solución técnica, como instalar ventanas antirruido —acción que tomamos en nuestro apartamento hace unos años—, pero me dice que esa opción no es viable, ya que el apartamento no es suyo. La única solución estaría en ellos, los culpables. Se levanta, me despido y cierro la puerta.


Ellos y la bomba de concreto: escala 1:1000


Trabajadores de construcción vertiendo concreto en un edificio alto durante una noche de tormenta.

Hablo con mi esposa mientras comemos unas empanadas con limonada. Le cuento la conversación que tuve con María Paula y me dice que ellos, los constructores, han estado haciendo un ruido enorme en las últimas noches. Me comenta que yo no me he enterado porque solo ronco, y la expresión con la que lo dice es la misma que usó María Paula al hablar de su esposo: una mezcla de burla e incredulidad. Sé que se considera que el género influye en la sensibilidad al ruido; al parecer, la naturaleza ha dotado a las mujeres de la capacidad de entrar en estado de alerta con menos decibeles que un hombre, quizás debido a su instinto maternal.


En fin, no sé si fue su mueca o la empatía que siento por las obras de construcción, pero tomo una posición de abogado del diablo. Le explico que vi la mixer de concreto la noche anterior y que el material tiene una vida útil muy corta; si llega a la obra, el ingeniero residente no puede simplemente desecharlo. Le comento que el ruido excesivo no lo produce la mixer, sino la bomba que envía la mezcla con una fuerza descomunal hasta los pisos superiores. Que la obra está empleando a cientos de personas, y otras razones que, aunque ella entiende, la aburren. Me mira buscando fallas en mi lógica y, al no encontrarlas, me pregunta si siento más empatía por la obra que por la vecina.

Me siento en jaque. Respondo que ambos están bajo presiones que deben ser analizadas para buscar una solución. Entiendo que en realidad no hay un “nosotros”; somos personas muy distintas que, aunque cercanas, no somos iguales. Cada uno siente y piensa de manera similar, pero no idéntica. De ahí que los límites definidos y funcionales no deban ser solo conceptuales, sino también físicos.


Técnica y morada: un diálogo entre Rossi y Heidegger


Ilustración de un hombre mayor, similar a un filósofo o escritor, tecleando en una máquina de escribir clásica.

Al introducir la experiencia del habitar de Heidegger, surge una pregunta: ¿se contradicen estos dos genios? A primera vista, pareciera que sí. Heidegger critica una técnica moderna que nos aleja de la esencia del “ser” (Sein und Zeit), convirtiendo la arquitectura en una mera búsqueda de estética egoísta: el arquitecto actual es un simple peón de los sistemas de producción que, alejado de los consumidores finales, desconoce las prioridades de la habitación humana. En su libro “Construir, habitar y pensar” Heidegger desconfía de la palabra “arquitectura” y la sustituye por “construir y habitar”. Surge pues la pregunta: ¿qué considera el filósofo alemán adecuado y correcto en su concepción sobre la morada de los seres humanos?. La lectura del filósofo es densa, ya que utiliza frecuentemente análisis de las raíces de las palabras del alemán antiguo para argumentar su postura. Una palabra en particular lo lleva a definir lo que es deseable en una vivienda: la palabra gótica Wuhnian, que significa estar satisfecho y en paz. Concluye que es un lugar donde el ser humano está preservado del daño y la amenaza.


¿Un ruido por encima del nivel soportable ayuda al ser humano a encontrarse con la experiencia del habitar? Claramente no. Por lo tanto, la búsqueda de esa tranquilidad, de esa experiencia primera de los antiguos al crear un espacio funcional y confortable, no se opone al pensamiento de Rossi. Por el contrario, lo hace posible, ya que esta técnica que propone no es estética, sino existencial: busca resolver el problema fundamental de crear refugio.


El “microclima” de Rossi no es un capricho tecnológico, sino una condición necesaria para que el “habitar” heideggeriano pueda ocurrir. El mismo Heidegger describe la inestabilidad del clima como fundamento básico de cobijo con la palabra alemana Himmel (cielo), que resume todo lo que el hombre no puede controlar. Esta se complementa con otras tres: la Tierra (Der Erde), los Divinos (die Göttlichen), los Mortales (die Sterblichen). Solo en la unión armónica de estos cuatro se puede habitar el mundo. La técnica de la que nos habla Rossi —y de la que Heidegger desconfiaría si fuera un fin en sí misma—, esa que resuelve problemas concretos: “Aunque las diferentes soluciones sean diversas, son concretas las soluciones que los arquitectos deben dar”. Estas soluciones parecen incipientes e ineficientes en nuestra sociedad. La prueba es que las legislaciones sobre confort acústico son mínimas y su aplicación es casi inexistente. En este punto, las visiones de ambos pensadores convergen en el fracaso de nuestra realidad: la ausencia de una técnica rossiana efectiva nos impide alcanzar un verdadero “habitar” heideggeriano. Nuestras viviendas ya no tienen la capacidad de darnos ese clima donde el “yo” pueda estar satisfecho y en paz, un lugar donde nos sintamos seguros y preservados de cualquier amenaza.


En el fondo, seguimos siendo como aquellos primeros seres humanos de los que hablaba Rossi: cavernícolas modernos buscando un refugio contra un exterior agresivo, pero esta vez, el estruendo no viene de la naturaleza salvaje, sino del mundo que nosotros mismos hemos construido.



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